María, Trono de Gracia

María, Trono de Gracia

  1. Dos citas bíblicas y dos  referencias piadosas previas:

  San Lucas 1. 28: “El ángel Gabriel, presentándose a ella, le dijo: Salve, llena de gracia, el Señor es contigo”.

  Hebreos 4.16: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, a fin de recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno auxilio”.

 San Luis María de Montfort, en su libro, “El Secreto de María”, encabeza el Capítulo 2 de la  Primera parte con la frase: “Para encontrar la Gracia de Dios hay que encontrar a María”.

 Manual oficial de la Legión de María, en punto 2 de Capítulo V: “Nos sumergimos  en la misma pleamar de la divina gracia, ya que María es la Esposa del Espíritu Santo y el canal por el que fluyen hasta nosotros cuantas gracias manan de la  pasión de Jesucristo”.

  1. Reflexión y experiencias personales.

Ante el Solio de Luz esplendente,
donde llena de Gloria te vemos,
deja ¡Oh, Madre!, que alegres cantemos,
rebosando los pechos de amor.

Emocionado escucho esta canción una y otra vez, evocando esa tarde de un domingo de mediados de  Septiembre en que la oí por primera vez, hace años. Recuerdo, como si fuera hoy, cuando busqué en el diccionario que “solio” significa “trono con dosel” y que el dosel es el techo que cubre dicho trono, y que le sirve de ornamenta. Cómo me estremecí al contemplar tu imagen bendita, (Madre mía del Pino), elevarse de vuelta a su camarín en Teror, tras permanecer unos días fuera de él, en medio de tu gente! Parecía, si se me permite la licencia, una representación de tu triunfal Asunción, elevándote, querida Madre, hacia los Cielos, transitando por un precioso camino  blanco y azul.

Y es que, siempre, siempre, has significado tanto para mí, amada Madre…

Tras una infancia relativamente piadosa, como la de casi todos los niños de España, incluidos también, por supuesto, los canarios, en aquella época, vinieron los años del duro y árido agnosticismo. Muchos y muchos años en que sólo en muy rara ocasión, sintiendo, además, que me comportaba casi de una manera supersticiosa, recitaba algún avemaría ante una especial dificultad o enfermedad. Lo hacía casi con vergüenza de que mis compañeros, la mayoría de ellos  licenciados universitarios de Ciencias, como yo, o de Letras, pudieran sonreír y esbozar algo parecido a una burla y pensaran que me faltaba racionalidad.

Sin embargo, aunque casi a escondidas, creo que siempre, o casi siempre, me santigüé antes de un examen y, seguro, lo recuerdo, eso sí, el día en que, por fin,  gané las oposiciones.

Estabas Tú siempre, Madre bendita, aunque yo no quisiera reconocerte de forma explícita y descubierta. A pesar de las noches y los fríos de mi dureza e increencia, estabas Tú.

Una medallita que me regaló mi abuela materna en la que en el anverso estabas Tú y en el reverso tu adorado Hijo, Nuestro Señor, la porté siempre, colgada al cuello, casi como un amuleto, es cierto, lo confieso, pero al que nunca quise renunciar.

Cuando quise regresar a la tierra que me vio nacer, me encomendé a Ti, Madre tierna, para que me trajeras pronto y bien. En una enfermedad especial y en las consecuencias que podían derivarse de ella, lo volví a poner todo en tus manos, Madre misericordiosa, con promesas incluidas que, por supuesto, cumplí desde que pude, una vez concedida la petición.

Y, a pesar de todo, yo seguía llamándome agnóstico, Dios mío!

Tú seguías pidiendo, con la dulzura y paciencia en ti características, santísima Madre,  a tu Hijo Jesús que continuara  transformando el agua mala de mi incredulidad en el vino bueno de la fe.

Ahí, seguías, en tu trono, en tu solio, bajando de él una y otra vez para que la Gracia entrara en mí, aunque yo, obviamente, no la merecía.

Hace unos cinco años, por fin, en una Semana Santa, en mi pueblo, un martes santo, entré en el precioso templo de mi localidad. Cantaban unos jóvenes. Creo que era una canción que se llama Padre Nuestro Gallego y dice así: “En elmar he oído hoy, Señor, tu voz que me llamó…etc”. No sé porqué, me emocioné y caí de rodillas. Pensé que esa era MI CASA y qué había hecho yo, que porqué había permanecido tanto tiempo fuera y que ya era hora de volver…para siempre. Busqué una imagen tuya alrededor con la vista  y la encontré enseguida, una que representa a la Virgen del Carmen. Me pareció que me sonreías, como no, dulce Madre. La respuesta fue casi simultánea a la pregunta que te iba a hacer. Te dije: “¿Qué debo hacer?” y me contestaste lo obvio, señalando a tu Hijo Jesús, “Haz siempre lo que Él te diga”.

Después de eso, te he buscado siempre, en mis oraciones, en peregrinaciones y en procesiones a lo largo de toda la isla. Siempre me repites lo mismo que me dijiste ese día, que haga siempre lo que Él me diga.

¿Trono de Gracia o, también, Madre de la Alegría?

En ocasiones, te apareces en mis sueños y soy feliz. Una vez, te vi, en un jardín, muy verde y lleno de preciosas flores. Había una mesa y unas sillas de madera. Estabas allí sentada, como mi Reina y mi Madre. Estabas vestida como nunca te he visto representada en ningún cuadro ni imagen, con vaqueros azules y camisa larga blanquísima. Era todo ropa holgada, suelta y, en sueños, no me sorprendió verte así pero sí cuando desperté, pero sé que  no fue nada irreverente, sino al contrario, exhalabas pureza, luz y una alegría inmensa, contagiosa.

Me sentí, en ese sueño, como un niño ante su madre, muy feliz, sentí que me contagiabas amor filial, euforia y me transmitías también una simpatía enorme, diciéndome, sin hablar, que no me preocupara, que habías sufrido mucho por mí pero que ahora estabas contenta porque sabías que te quería y me esforzaba aunque aun tuviera mucho, muchísimo, que perfeccionar.

Me dijo también que rezara mucho, que pidiera la Gracia al Espíritu, que, a su vez, Ella rogaría por mí e intercedería ante su Hijo Jesús para que el Padre, mi adorado Padre Celestial, me considerara siempre su hijo, me protegiera, y el día de mi partida, me acogiera en sus brazos amorosos. Ella también estaría ahí ese día para ayudarme en ese tránsito. Todo me lo decía sin hablar, (sólo le oía como una risa alegre), pero yo la entendía, no sé cómo, pero así era.

Ella es muy, muy alegre, toda simpatía, amor, siempre ríe, aunque, no sé porqué, encuentro en muchas ocasiones a gente que me la describe como más triste  y llorosa, pero conmigo nunca ha sido así, pues Ella, Ella, es mi Madre Alegre, mi Trono de Gracia.

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