María, Trono de Gracia

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María, Trono de Gracia

Ante el Solio de Luz esplendente,
donde llena de Gloria te vemos,
deja ¡Oh, Madre!, que alegres cantemos,
rebosando los pechos de amor.

Emocionado oigo esta canción una y otra vez, evocando esa tarde de un domingo de mediados de  Septiembre en que la oí por primera vez, hace años. Recuerdo como si fuera hoy cuando busqué en el diccionario que “solio” significaba “trono con dosel” y que el dosel era el techo que cubría dicho trono y que le servía de ornamenta. Cómo me estremecí al contemplar tu imagen bendita, (Madre mía del Pino!), elevarse de vuelta a su camarín en Teror, tras permanecer unos días fuera de él, en medio de tu gente. Parecía, perdonando el ejemplo, una representación de la Asunción, elevándote, querida Madre hacia los Cielos por un precioso camino azul y blanco.

Y es que, siempre, siempre, has significado tanto para mí, querida Madre…

Tras una infancia relativamente piadosa, como la de casi todos los niños de España, incluidos los canarios, en aquella época, vinieron los años del duro y árido agnosticismo. Muchos y muchos años en que muy rara vez, sintiendo que me comportaba casi de una manera supersticiosa, recitaba algún avemaría ante una especial dificultad o enfermedad. Lo hacía casi con vergüenza de que mis compañeros, la mayoría de ellos  licenciados universitarios de Ciencias, como yo, o de Letras, pudieran sonreír y esbozar algo parecido a una burla y pensaran que me faltaba racionalidad.

Sin embargo, aunque casi a escondidas, creo que siempre, o casi siempre, me santigüé antes de un examen y, seguro, eso sí, el día en que gané las oposiciones.

Estabas Tú siempre, Madre bendita, aunque yo no quisiera reconocerte de forma explícita y descubierta.

Una medallita que me regaló mi abuela materna en la que en una cara estabas Tú y en la otra  tu adorado Hijo, Nuestro Señor, la porté siempre, colgada al cuello, como una especie de amuleto al que no deseaba renunciar.

Cuando quise regresar a la Tierra que me vio nacer, me encomendé a Ti, Madre tierna, para que me trajeras pronto y bien. En una enfermedad especial y en las consecuencias que podían derivarse de ella, lo volví a poner todo en tus manos, Madre misericordiosa, con promesas incluidas que, por supuesto cumplí desde que pude, una vez conseguida la gracia.

Y, a pesar de todo, seguía llamándome agnóstico!

Tú seguías pidiendo, con la dulzura y paciencia en ti características, Madre,  a tu Hijo Jesús que me continuara  transformando el agua mala de mi incredulidad en el vino bueno de la fe.

Ahí, seguías, en tu trono, en tu solio, bajando de él una y otra vez para que la Gracia entrara en mí, aunque yo, obviamente, no la merecía.

Hace unos cinco años, por fin, en una Semana Santa, en mi pueblo, un martes santo, entré en el precioso templo de mi localidad. Cantaban unos jóvenes. Creo que era la canción: “Señor, Tú has venido a la orilla, no has buscado ni a sabios ni a ricos…etc”. No sé porqué, me emocioné y caí de rodillas. Pensé que esa era MI CASA y que había hecho yo, que porqué había permanecido tanto tiempo fuera, que ya era hora de volver…para siempre. Busqué una imagen tuya y la encontré enseguida, una que representa a la Virgen del Carmen. Me pareció que me sonreías, como no, dulce Madre. La respuesta fue casi simultánea a la pregunta que te iba a hacer. Te pregunté qué era lo que debía hacer y me contestaste lo obvio, señalando a tu Hijo Jesús, “Haz siempre lo que Él te diga”.

Después de eso, te he buscado siempre, en mis oraciones, en peregrinaciones y en procesiones a lo largo de toda la isla. Siempre me repites lo mismo que me dijiste ese día, que haga siempre lo que Él me diga.

A veces, te apareces en mis sueños y soy feliz. Una vez, te vi, en un jardín, muy verde y lleno de preciosas flores. Había una mesa y unas sillas de madera. Estabas allí sentada, como mi Reina y mi Madre. Te vi vestida como nunca te he visto representada, con vaqueros azules y camisa larga blanquísima. Era todo ropa holgada, suelta y, en sueños no me sorprendió verte así pero sí cuando desperté, pero sé que  no fue nada irreverente, sino al contrario, exhalabas pureza, luz y una alegría inmensa, contagiosa. Me sentí como un niño en el sueño, ante su madre que me contagiaba amor filial, euforia y me transmitía una complicidad enorme, diciéndome que no me preocupara, que Ella había sufrido mucho por mí pero que ahora estaba contenta porque sabía que me esforzaba aunque aun tuviera mucho que perfeccionar. Que rezara mucho, que pidiera la Gracia al Espíritu, que a su vez, Ella rogaría por mí e intercedería ante su Hijo Jesús para que el Padre, mi amado Padre Celestial, me considerara siempre su hijo, me protegiera, y el día de mi partida, me acogiera en sus brazos amorosos. Ella también estaría ahí ese día para ayudarme en ese tránsito.

Pero Ella es muy alegre, siempre ríe, no sé porqué siempre hay gente que me la describe más triste pero Ella, Ella, es mi Madre Alegre, mi Trono de Gracia.

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